Desde Castelo, en A Coruña, el eclipse se vio por momentos porque las nubes taparon el cielo y durante un rato pensé que quizás no íbamos a verlo. El paisaje alrededor parecía salido de A Hidden Life, esa película de Terrence Malick en la que el verde se lleva todo el protagonismo y los árboles parecen pelearse entre ellos por estar más cerca de Dios. Había algo de aquel paisaje que se replicaba en Castelo. Cuando por fin esa bola de luz que ilumina nuestros días desapareció detrás de la luna, se hizo de noche en pleno día. La oscuridad fue exacta y duró unos tétricos minutos. Sucedió igual que en esas películas que me gustan, donde el sol sube y baja en una transición rápida para mostrar el sufrimiento de los personajes y el paso del tiempo.
—Estoy triste —le dije a Marc. Él dijo que estaba sensible. Pensé que me gustan las personas que saben elegir las palabras, como mi psicóloga. Elegir bien las palabras es una de las manías que intento contagiarles a mis alumnos. David, el hermano de Marc, dijo que ahora teníamos algo que nos unía y que no se iba a repetir en mucho tiempo. La última vez que había sentido algo parecido fue cuando Argentina salió campeón del mundo en 2022. Quizás lo que me hizo llorar fue la idea de que acabábamos de vivir algo que se convertía en recuerdo a la velocidad de la luz.
Cuando volvió a esclarecer, la gente empezó a dispersarse: hormigas que disparaban en todas las direcciones. Supongo que cada una hacia un lugar distinto. Hacía tan solo unos minutos estábamos quietos con la vista hacia arriba y la esperanza de no quedar ciegos y ahora empezábamos a caminar hacia el bar, los autos, las casas o cualquier lugar que nos recordara la miserable cotidianeidad. Un señor me preguntó cuántos años tenía y le dije que 29. Soltó un chiste que señalaba mis cejas blancas: dijo algo así como yo no tengo canas y vos sí. Viste cómo son los jóvenes, le dije. La obsesión por jugar con el tiempo, por apurarlo.
Después pensé en lo verdadero de aquella conclusión y en que Galicia quizás sea uno de los pocos lugares del mundo que cuenta con el superpoder de la espera. Todo ahí transcurre en un ritmo que no es para ansiosos. Los días son largos, la gente tiene tiempo para hablar, para contar, para quedarse un rato más. Por eso me pego a Marc, porque me desafía a la escucha y a la paciencia, algunas cosas que no traigo de Buenos Aires pero que deseo llevarme en la valija.
Cuando somos chicos tenemos tantos estímulos que no necesitamos buscar nada porque todo nos sucede por primera vez. De grandes pasamos buena parte de la vida intentando encontrar algo que nos vuelva a producir esa sensación. «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo», dice el famoso verso del poeta Dylan Thomas. Los niños que esperaban el eclipse estaban entusiasmados, pero nosotros también, y durante unos minutos nadie tuvo que enviarle mensajes a nadie porque había algo que mirar que no podía suceder en una pantalla y que, además, sabíamos que iba a durar muy poco. Pero esto es obvio, y eso ustedes ya lo saben.
Cuando tenía siete años, el patio donde nos dejaban salir a los recreos en la primaria daba a las ventanas del segundo piso del colegio, donde estaban los más grandes. Yo los miraba desde abajo y pensaba que quería estar ahí, que quería ser esos chicos que ya dejaban el colegio. Los dieciocho llegaron a paso rápido y entonces deseé ser un poco más independiente, elegir una carrera que estudiar. Cuando por fin me gradué me di cuenta de que odiaba lo que había estudiado y me lancé a escribir. Cuando me lancé a escribir alguien me preguntó para qué mirar historias que no son tan interesantes. Ayer, después del eclipse, volví a escuchar una pregunta parecida. Me preguntaron quién me pagaba para elegir las historias que elijo, para hacer ciertas cosas, cosas como escribir. Algo así como si hubiera historias que merecieran nuestro tiempo y otras que no. ¿Qué hacemos con el tiempo cuando conseguimos tenerlo?
Galicia me conmueve porque en verano los días son más largos y tengo la sensación de que acá la gente tiene tiempo para todo. Yo vengo de Buenos Aires, donde todo cabe en el cliché de abrir y cerrar los ojos y donde durante mucho tiempo pensé que trabajar en una oficina era ver pasar mis años sentada en un mismo lugar.
Hay una columna de Leila Guerriero en la que ayer pensé mucho: «Pretender que de todo se extrae un aprendizaje luminoso es una forma sutil de la crueldad. El mal a veces es solo mal. No cura, ni nos hace mejores. Exigirle a alguien que su desgracia le sea útil es una agresión más en medio de la intemperie». La recuerdo porque a veces parece que todo tiene que servir para algo, que de cada experiencia tenemos que sacar una enseñanza, una historia, una conclusión. Pero el eclipse no sirvió para nada. No solucionó nada. No hizo que nadie fuera mejor. Durante meses habíamos esperado un acontecimiento que iba a durar unos minutos y, cuando al fin ocurrió, lo miramos para después seguir con nuestras vidas.
Una vez le dije a Marc que para hablar de las cosas que me duelen necesito estar sola. Ahora, en la soledad de este artículo, como en las peores discusiones —esas en las que uno pasa días pensando qué podría haber dicho—, me pregunto por qué debería explicar por qué escribo cuando ni siquiera yo lo sé. Quizás debería haber dicho que escribo para recuperar mi infancia, para volver a ser esos nenes que miran el eclipse sin pensar en la foto que van a hacer para Instagram, para volver a estar frente a algo sin preguntarme qué voy a hacer después. No para volver a tener siete años, sino para llegar a una adultez en la que todavía exista tiempo para mirar. Quizás para ser algún día esos padres que pueden decir que sus hijos corren vacas. No sé. Durante toda mi vida quise llegar al momento siguiente y quizás ahora, que por privilegio y condena tengo mi propio tiempo, estoy aprendiendo que también se puede querer otra cosa: que el momento no pase tan rápido.
Ah, sobre el eclipse, sí: estuvo espectacular. Tuvo lugar el 12 de agosto, acá en Europa. Seguro habrá mejores maneras que la mía de contar qué ocurrió exactamente. La historia específica, que la cuente otro.






Te quiero